“Acepto comida, gracias”

El 28,6% de los españoles está en riesgo de pobreza y exclusión social. Así lo revela la encuesta de Condiciones de Vida del Instituto Nacional de Estadística español.

José tiene 48 años, pero parece cargar con 60. José es extrabajador de una empresa de materiales de construcción, en 2008  la burbuja inmobiliaria estallo en España y desde 2009 él pasó a engrosar la larga cola de desempleados. Con 7  años en la calle, José ya ni tiene derecho a cobrar ‘el paro’, prestación que -durante dos años- la Seguridad Social otorga a los desempleados en base a las retenciones realizadas durante su vida laboral.

IMG_2105[1]José tiene dos hijas que no podrán ir a comprarse ropa al gigante del textil español que entre andamios y lonas anuncia su nueva apertura en plena Plaça Catalunya, una de las zonas más céntricas, turísticas y comerciales de Barcelona; este ese el lugar elegido por José para pedir que los transeúntes le pongan unas monedas en lo que hace unos años fue la lonchera con la que iba al trabajo.

Según cifras del Instituto Nacional de Estadística Español, del segundo trimestre de 2016, la tasa de desempleo en España es del 20%. Eso explica que en la actualidad más de un tercio de los niños españoles sobreviva gracias a las ayudas sociales.

José vive con su esposa que tampoco tiene empleo, el despido de su marido la sorprendió cuidando de sus hijas que ahora tienen 12 y 15 años. “Mis niñas van al colegio porque es gratis, pero tengo que recurrir a toda clase de ayudas para los libros y el material escolar, a veces no tenemos ni para comer, y salir al cine u otras distracciones ya ni lo piden,  ellas saben que en casa no hay dinero y que su padre tiene que estar aquí más de 8 horas para sacar ente 9 0 10 euros al día”.

José dice que en su casa se come y se sobrevive porque Caritas,  la Cruz Roja y los Servicios Sociales, colaboran con su familia. Aunque estas ayudas son intermitentes, porque dada la gran cantidad de personas desempleadas y sin ingresos, estas entidades no pueden ayudar a todos, todo el tiempo. “A veces nos ayudan mis suegros, aunque ellos también viven con una pequeña pensión”, agrega José.

“Ahora sólo cobró el PIRMI que son 400 euros al mes, con eso tengo que pagar 350 de alquiler y me quedan 50 para los demás gastos, en invierno no tengo ni para pagar la calefacción”, dice José apesadumbrado. El PIRMI o Plan Interdepartamental de Renta Mínima de Inserción, es una ayuda económica de entre 400 y 500 euros que el gobierno catalán da a  personas sin recursos económicos y que cumplen determinados requisitos.

Esperanzas rotas

-¿Cuáles son tus expectativas?, le pregunto, “no tengo muchas”, dice José, quien afirma que desde que perdió el empleo ha dejado “mil curriculums”, ofreciéndose para hacer de todo, “pero no me han llamado para nada, alguna vez he hecho algún trabajito, pero de eso no se puede vivir”. José está desesperado, el pertenece a ese grupo de trabajadores que lo más probable es que ya haya agotado su vida laboral.

Merche SánchezSegún Merche Sanchez, una de las directoras de Intervención Social de la Cruz Roja, desde que la burbuja inmobiliaria reventó en España, “miles de trabajadores de la construcción civil y sectores afines se quedaron en la calle y se han convertido en parados de larga duración, y por lo tanto están desactivados, tienen un perfil laboral que ya no es necesario”. Lamentablemente José podría estar dentro de ese grupo.

Según las estadísticas, en 2005, cuando la burbuja inmobiliaria estaba en la cresta de la ola, la tasa de desempleo en el sector de la construcción era del 6,06%; en 2015, la tasa de paro de este sector llegó al 16,24%. Sin embargo y por más que, en su mejor momento, los precios de las viviendas estaban sobrevalorados en un 30%, los trabajadores de ese sector no cobraban sueldos astrónomicos.  José ganaba entre 1.200 y 1.300 euros al mes.

El sueldo de José tampoco daba para muchas alegrías, “a veces no llegábamos a final de mes, mantener una familia no es barato”. La mala mano con la que juega ahora, le ha enseñado a vivir de las limosnas, sin embargo, su dignidad está resentida. José habla poco a poco, quedito y cabizbajo, sólo de vez en cuando me dirige una mirada, y mantiene las manos apretadas una contra la otra, como quien intenta contener y contenerse.

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