Roger Santiváñez, el poeta, exorciza sus demonios en Barcelona

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Roger Santiváñez en la Escala (Girona- Catalunya), acompañado de su esposa Katty Kangas y de Stuart Rochabrunt ex vocalista de Seres Van, grupo de rock fusión peruano.     (Foto:Leonor Pérez-Durand)

Hace un tiempo pasó por casa, Roger Santiváñez, el poeta, el amigo. Venía de Francia, de la presentación de su libro titulado Silva y hacía una parada en Catalunya, más precisamente en Girona donde resido desde comienzos del presente siglo. Hace veinte años le deje tras una esquina del jirón Quilca, en pleno centro de Lima, con su metro sesenta de estatura, escasos 50 kilos de peso y la carpeta que siempre llevaba bajo el brazo con algunos de sus poemas. Roger siempre estaba ‘en poesía’ y ahora seguía estándolo. 

Izquierdoso él, gracias al reencuentro me entero que en la presentación de un libro de Mario Vargas Llosa – ocurrida en los años 90, cuando era el candidato presidencial de la derecha peruana- organizó una manifestación en contra de las aspiraciones políticas del escritor, nadie acudió a la cita, sólo él y su chica. Firme en su protesta, Roger rompió un libro del escritor mientras daba vueltas delante de la puerta de acceso al evento. La osadía, le costó una noche de cárcel, pero las consecuencias de sus actos nunca le detuvieron, el vivía haciendo y escribiendo lo que le salía de las tripas.

Unos años más tarde de esta anécdota, tuve la suerte de conocerle, yo acababa la universidad y con una amiga editábamos “Polvo Enamorado”, una revista de poesía con pretensiones, hecha con mucho cariño y la colaboración de poetas e ilustradores que gentilmente nos cedían sus obras. Eran los nefastos años 90 del Perú, Fujimori acababa de ganar las elecciones y ‘disolvía’ el Congreso, apuntando ya maneras de dictador. Los limeños sufríamos el mal que sembraba Sendero Luminoso, la guerra de guerrillas llegaba a la capital y la mayoría de peruanos vivíamos ahogados en la hiperinflación.

Los 90 también fueron los años más oscuros de Roger, drogas, alcohol y poesía eran su sustento, era la época en la que podías estar con él y sin motivo alguno salía corriendo como alma que lleva el diablo, el próximo “pai” le urgía. La distancia de la familia y las ganas de llevar al límite su capacidad creativa le hicieron caer en las drogas. Antes de eso, él era un chico piurano, estudiante de Ciencias de la Información, que en 1975 se trasladó a Lima para convertirse en un aventajado estudiante de Literatura de la Universidad de San Marcos. Él cargaba con todo el dolor del mundo y respiraba y vivía por y para su obra.

También en los 90, el centro de Lima fue el lugar donde el arte anarquista se daba cita. Todo, o casi todo, comenzaba a las 8 de la noche en el Bar Queirolo, del jirón Quilca y luego se repartía por los demás huariques de la emblemática calle. Allí se congregaban músicos con su rock subtérraneo, teatreros con performances alucinadas, periodistas cansados de cubrir desgracias, y poetas, sobre todo, poetas, que hoy cuentan con algunos laureles. Allí conocí a Roger y 20 años después me contenté de volverle a ver, tan creativo y tan ‘en poesía’ y tan curado de todo el desgarro.

Averno nunca muere El comercio.pe

Jirón Quilca reivindicativo (Foto: elcomercio.pe)

“¿Qué fue de tu vida, como estás ahora?”, le pregunté, y pensé que talvez había sido indiscreta por la carga de la pregunta, él con humildad y orgullo me explico ‘la película’. “A finales de los 90 estaba muy mal y con sólo 35 kilos de peso pensé que el final podía ser inminente, así que dejé Lima, volví a Piura a la casa familiar, mis padres están muertos pero allí queda mi hermana y sus hijos, ellos fueron el hogar que necesitaba”. El poeta se encerró a cal y canto durante más de un año, protegido por la familia, acompañado por la inocencia y sonrisas de sus sobrinos y por la biblioteca de su padre.

“No salía a la calle, la barba me creció hasta las rodillas, creo, devoré los libros de mi padre y escribí, así me rehabilité yo solito, los libros y la poesía fueron mi cura; luego pensé en que tenía que seguir yéndome, no podía volver a Lima, no quería caminar por las mismas calles por las que antes me tambaleaba, no podía recaer, así que busqué una forma de salir del país y encontré una beca en una universidad norteamericana, postulé y fui aceptado para hacer un doctorado en Literatura Latinoamericana en Temple University (Filadelfia, Estados Unidos).

El resto de la conversación es una entrevista que tuve la oportunidad de hacerle al poeta, al amigo. Una pequeña terraza de Barcelona fue el lugar de la cita, luego nos esperaba un recital de amigos, de poetas exiliados, un recital organizado en el sótano de un bar barcelonés, en el que la estrella era él, y en el que el acento peruano fue potente. Yulino Dávila, poeta peruano amigo del vate fue el organizador del “petit comité”, Patrick Rosas otro de los escritores y poetas peruanos en ‘el exilio’ llegó desde Francia para acompañarle, también estuvo Bruno Pollack, joven e interesante poeta.

Por estos días Roger se encuentra en Lima, el 19 de julio del 2016 presenta su libro “Sagrado”, editado por Peisa, una recopilación de sus títulos publicados desde el 2004 hasta la actualidad, el marco es la XXI Feria Internacional del Libro de Lima que se realizará del 15 al 31 de julio en el parque De los Próceres de la Independencia, ubicado en el distrito de Jesús María. Por eso esta entrevista, en la que ‘el poeta’ exorciza sus demonios y nos explica su proceso creativo.

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